martes, 25 de junio de 2013

Crónica de un guerrero en proceso XII

Piénsalo, piénsalo bien.
(De esas malas ideas)

Habla Clarissa:

     Estoy en la oficina, el escritorio está lleno de planos, traigo puestas las 'gafas de trabajo', hace un par de días tomé la decisión de cortarme el cabello y sé que justo ahora está todo desaliñado; seguramente me veo como una psicópata en busca de evidencias para algo. El proyecto que tengo ante mí me está costando bastante trabajo. Es uno de esos proyectos que te exigen recordarte constantemente lo mucho que amas tu empleo y lo mucho que amas lo que haces en general. Pienso demasiado en el producto final, retumba en mi cabeza: 'Este edificio tiene que quedar espectacular.'
«Ring, ring»
     Alzo el auricular y me lo llevo a la oreja sin despegar la vista de las pantallas con bocetos en tercera dimensión que tengo frente a mí y que tantos dolores de cabeza me han provocado en la última semana.
"Malacara." Contesto conforme al protocolo de la agencia dando mi apellido... uno de esos eternos chistes en mi vida ya que suelo ser risueña y llamarme 'Clarissa Malacara' es un tanto irónico. 
"¿Ocupada?" Reconozco la voz de Darío. 
     Después de lo que pasó en el templo, nada ha cambiado. Es extraño, pensé que se volvería un tanto uraño conmigo o que se alejaría, pero no. Afortunadamente seguimos en el mismo equipo.
 
"Licenciado... emm..." Sigo viendo las pantallas, acuno el auricular entre mi hombro y mi madíbula, cambio los valores en los modelos "¿Qué se le ofrece?"
"Usted. Mi oficina. En cinco minutos. ¿Capicci?"
"Copiado."
"Bien."
Continúo con lo mío por uno o dos minutos más. Por reflejo, siempre ordeno todo en la oficinita antes de salir de ella, más si hay posibilidades de volver a la misma con alguien de algún departamento para discutir cualquier cosa con respecto al proyecto en cuestión. Las pantallas con el logotipo de la agencia, los lápices ordenados... Tengo hábitos raros, lo sé. Me veo en el tenue reflejo que me proporciona una de las pantallas, me arreglo el cabello y me cambio las gafas por unas 'más estéticas'. Salgo de mi oficinita en dirección a la de Darío. Una puerta, dos puertas... 
«Lic. Darío Contreras
Director»
La plaquita en la puerta me anuncia que he llegado.
«Toc, toc, toc»
"Adelante, licenciada."
     La gente de la agencia siempre dice que él es un hombre muy muy observador, yo pienso que lo que lo tiene al pendiente siempre es la descomunal ventana que está a un costado de su puerta. ¿Cómo no verlo todo si lo que tienes frente a ti te lo muestra a diario?
Abro la puerta y ahí está, esperándome. Contrario a mí, él siempre parece estar tranquilo y ecuánime. Envidio eso de él. Demasiado.
"Toma asiento, Clarissa."
"¿Qué pasa, licenciado?" Me siento  tratando de imitar su tranquilidad.
"Oh, ¿qué pasó? Yo ya cambié a 'modo tú'." Es impresionante como en un solo gesto mi jefe me recuerda que es mi amigo también. Le sonrío.
"¿Qué pasa, Darío?"
"École, mucho mejor." Tiene unos papeles frente a él, no me había percatado de ellos hasta que empezó a moverlos. "Pasa, Clarissa... que tú yo y yo vamos a salir en este momento a hacer unas diligencias." Lo dice sin perder la sonrisa, sin carecer de la seriedad que se supone que exige el asunto. No deja de ser Darío Contreras en ningún momento.
"¿Diligenicas?"
"Exactamente, licenciada Malacara." Se sonrió por ese eterno chiste. "Diligencias. Así que espero que, como es costumbre, su oficina esté en óptimas condiciones para ser abandonada porque no volveremos a la empresa hasta mañana." Me sorprende con cada palabra, aún me quedan toneladas que hacer respecto al proyecto.
"Pero..."
"Nada, Clarissa. Vámonos." Acto seguido, apaga la computadora y se levanta.
"Tengo que apagar mis equipos." Me voltea a ver incrédulo. "¿Qué? Esperaba volver."
"De acuerdo."
Regreso a mi oficina, guardo lo guardable en el montón de archivos que tengo abiertos en ambas pantallas y apago todo.
"No olvides tus cosas. Es en serio que hoy no volvemos." Me mira desde la puerta. Me llevo el celular al bolsillo del saco, tomo el bolso de piel negro y salgo de la oficina.
"¿Qué vamos a hacer, Darío?" Lo veo mientras caminamos.
"Diligencias." Responde con la vista al frente. 
"Darío..."
"Mande." Sonríe y voltea a verme. "¿Acaso no confías en mí?"
"Pues con ese tonito perverso... em... no."
"Ay, Clarissa." Se sonríe y por fin salimos del edificio. El tac, tac, tac de mis tacones se ve opacado al pisar el pavimento dirigiéndonos a su auto. No se le borra la sonrisa del rostro.
"¿Diego está en casa?" Pregunta justo después de que se le borra levemente la sonrisa.
"No. Salió anoche rumbo a la ciudad." Contesto despreocupada, pues es el pan de cada tres o cuatro semanas desde que vivimos juntos.
"Entonces nade te espera en casa."
"No." Me percató de que 'me ví lenta' y debí interrogarlo con más insistencia desde antes de salir del edificio.
"¿Qué tramas, Darío?" Me abre la puerta del coche y su ademán dice 'come in, mademoiselle'
"nada muy malvado, lo prometo." No le creo, pero heme aquí. En su coche, con él consciente de que mi novio no está en la ciudad y su sonrisa perversa. Aquí es donde no sé a quién temerle más... A él o a mí.

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