jueves, 25 de abril de 2013

Dalilah


Fue uno de esos días largos. Estuve ocupada toda la tarde con escritos, clientes y uno que otro coraje. 
Mi hermana Geannine se llevó a mi pequeña y a sus hijos al parque eso de las 2:00 pm, me hizo un favor grandísimo.
Volvieron a las 7:00 pm y yo ya estaba menos ocupada, aunque exhausta. Geannine se quedó un ratito en casa, bebimos café (pero mi sistema rogaba por una copa de vino tinto, un baño de tina y un masaje), los niños cenaron, conversamos y se fue poco antes de que Erick, mi marido, llegara.

     -Salúdame al cuñado, D.
     -Lo mismo digo, G.

Fue momento de llevar a Dalilah a la cama.

     -Buenas noches, mami.
     -Buenas noches, mi amor.

     Tan solo media hora después Erick llegó a casa. 
     Cenamos juntos, nos permitimos esa copita y ese masaje. Nos coqueteamos como antes de casarnos y hubo algo en los besos de esa pequeña velada que... amé. Fue como la primera vez que nos vimos hace unos 13 años; algo narcótico en su mirada, sus caricias, sus besos. Conversamos un poco, casi nada de trabajo, y nos fuimos a la cama poco después de la medianoche. Ambos cansados como de costumbre, pero contentos de sabernos juntos y estar en ese futuro que nos habíamos imaginado. 

     Eran como las 4:00 am cuando desperté sin sueño y sin sentir a Erick en la cama, escuché actividad de vasos y la puerta del refrigerador en la cocina, una de esas costumbres de él que aún no lográbamos compartir porque nuestros horarios biológicos se negaban a coincidir y si algo apreciamos son las horas de sueño del otro, fue algo que se reforzó cuando nació Dalilah. Me levanté y vi a mi nena de cuatro años con el hombre de mi vida, ellos sí compartían esos raros horarios. Erick había sacado platitos, galletas de las que nos envió su madre (y que tanto le gustan al niño más grande de la casa: él), dos tazas chaparritas de expresso y la leche con chocolate que incluí en la despensa cuando empezamos a vivir juntos hace ya diez años. El cuadro era hermoso. Dalilah tenía una cobijita lila enredada al cuello, las pantuflas de patas de tigre que mi hermana le regaló la navidad anterior y la ropita de dormir en tonos azules con minúsculas estrellas blancas, el cabello castaño desarreglado y los ojitos redondos después del par de horas de sueño que había logrado atrapar. Erick calzaba unas pantuflas negras, una playera blanca en cuello 'v' y el pantalón de dormir azul marino; el cabello negro y liso un poco desarreglado a causa de la almohada y se le notaba fresco, para él es normal estar despierto a esta hora y asaltar el refrigerador. Ese hombre seguía proyectando la misma imagen de nuestras primeras noches juntos. Muchos recuerdos se me avalanzaron en esos momentos. Dalilah estaba de pie junto a él y cuando se sentó la alzó en brazos para después colocarla en una silla alta frente a la barra de la cocina.

     -Papi...
     -¿Qué pasó, amor? -le preguntó él después de sorber un poco de leche.
     -¿Me quieres? -regresó el cuestionamiento la pequeñita, luego mordió una galleta de avena.
     -Claro que sí, preciosa. Te quiero muchísimo. -se acercó a ella y la besó en la frente.
     -¿Y a mami? ¿La quieres mucho?
     -Sí. -la mirada de Erick cambió hacia nuestra niña preguntona, se sonrió y mordió una galleta. Con la boca llena preguntó: -¿Por qué?
     -Nada más. -dijo al momento de dejar la tacita en la barra después de un sorbo enchocolatado. Tenía bigotes de leche lo que provocó nuevamente la sonrisa de mi marido. Dalilah se llevó las manos a la boca y 'limpiándose' se embarró la leche en las mejillas, un gesto aprendido, pero aún no sé de quién. -Yo amo a mi mami. -miró fijamente a su padre con los ojitos cafés abiertos cuanto podía, el sueño empezaba a vencerla.
     -Qué bueno, nena. -pienso que Erick no notó la diferencia de palabras que hizo Dalilah, pero yo lo noté... a eso me dedico, después de todo. -Yo también amo a tu mami, nena.

     Se hizo el silencio entre los dos. Eran las 04:45 am y Dalilah se frotaba los ojos, juntaba los labios y ya había perdido el interés en las galletas. Me quedé ahí parada el tiempo suficiente para ver cómo dos de los seres más importantes en mi vida convivían. Salí del arco que separa la sala de estar de la cocina y me acerqué a Erick, lo besé en la mejilla mientras masticaba su último pedazo de galleta.

     -¿Desayunando? -le sonreí.     
     -Para nada, tú sabes que esto no sucede. Soy una persona que respeta sus horarios de comida. -sonrió y me besó en los labios.
     -Claro que sí, por eso has hecho esto durante los últimos diez años.
     -Veinticinco, amor. Veinticinco. -dio el último sorbo a la leche chocolatosa que al principio me quise rehusar a comprar.
     -Mi cuenta empieza cuando te dije 'acepto'. -abracé a Dalilah que estaba más dormida que despierta. -Me esperé todo, menos que heredará tus horarios. -alcé a mi hija en brazos.
     -Pues, de ti sacó lo preguntona. -nos abrazó a ambas. -Te amo. -me dijo al oído.
     -Yo también te amo, mami. -dijo casi entre sueños nuestra niñita.

     Dejé a mi hija en su cama y volví con mi esposo a la habitación.

     -Se parece tanto a ti. -estábamos abrazados en la cama, acto seguido me besó en la mejilla.
     -Y a ti. -apreté sus manos contra mi abdomen.
     -Pero en su interior... Amor, tiene cuatro años y usó en la misma oración 'amar' y 'querer' como si entendiera que son cosas diferentes... -se detuvo súbitamente mientras yo me volteé. Quedamos encarados en la cama. -Al menos en esta casa lo son.

     Pasé mis dedos, por su rostro, le sonreí.

     -Te amo.
     -Te amo.

     Nos quedamos abrazados hasta que la alarma sonó a las 7:00 am.

     -Amor, tuve un sueño rarísimo, pero me gustó.
     -¿En serio? -le dije mientras le acomodaba la corbata. -¿Qué soñaste?
     -Soñé que teníamos una hija. Nos vi en unos años.
     -¿De verdad?
     -Sí. Me encantó que en mi sueño ella se parecía a ti con ganas. Una niñita lista, preguntona, risueña. Y madrugaba conmigo a comer las galletas de mi madre. -lo noté feliz.

     Sólo sonreí, lo besé en la mejilla y continuamos nuestro día. 


     Esa noche, durante la cena de nuestro sexto aniversario de boda, le dije que estábamos en esa dulce espera.

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