domingo, 11 de noviembre de 2012

Crónica de terquedad

Este escrito en particular ya lo había subido, pero por cuestiones ajenas a mi propia memoria desapareció de la página como muchos otros textos. Últimamente se han reforzado mis condiciones crónicas, parte por el frío que empieza a hacer y que me lo recuerda todo el tiempo, parte porque he continuado con un deporte que demanda bastante de mis extremidades lesionadas. En fin, a casi 2 años de aquel incidente que casi provoca  que mi doctor, mi madre y varios de mis amigo consideraran amarrarme a la cama, les dejo "Crónica de terquedad"



10 de febrero de 2011

La amenaza de la invalidez tocó a mi puerta de nuevo y esta vez lo hizo bastante fuerte. No es la lesión más grave que he sufrido, pero ¡ah como me dolió!

***

     -Estoy casi seguro de que es una fractura del quinto metatarsiano. -dijo el doctor sin verme.

«¡En la madre!» pensé. He de ser sincera, me aterraba más el hecho de que nuevamente me confinarían a un tiempo sin entrenar el deporte que amo que la posibilidad de una herida grave, así de pequeña puede ser mi perspectiva en ocasiones. Un año atrás ya me había visto en la misma situación por una lesión en la cadera y ese día... Me doy vergüenza por estar repitiendo esta situación.

     -¿Qué tiene? -preguntaba el doctor a los alumnos de medicina deportiva que me rodeaban y me veían con cara de "no estudié para este examen". Los oí balbucear, cuchichear entre ellos, proponer ideas y refutar las de los compañeros. El doctor a cargo de los estudiantes realizaba una exploración física.

     -¿Duele?
     -No.
     -¿Duele?
     -Es moelsto, pero no duele. -examinó en primera instancia el tobillo porque todos creyeron que eso era lo que estaba herido, pero no. Tenía en el empeine una hinchazón del tamaño de un dátil y estaba inflamado hacia arriba del grosor de un dedo, se veía impresionante y después de los veinte minutos de hielo era un pobrecito pie enrojecido e hinchado. Las manos del doctor empezaron a palpar el área donde había estado la hinchazón y su correspondiente en la planta de mi pie.
   
     -¿Aquí?
     -Sí. -una mueca de dolor y un grito atrapado en el fondo de mi garganta secundaron mi respuesta.
     -De acuerdo. -palpó un par de ocasiones más para corroborar que el dolor estaba localizado siempre en la misma área. -Estoy casi seguro de que esto está roto. -alzó el rostro. -Posible fractura del quinto metatarsiano. -dijo viendo nuevamente a sus alumnos. -Pero, ¿cómo descartamos una fractura de un esguince o luxación? -la cara de examen volvió a los jóvenes y uno dudó al decir:
     -¿Rayos X?
     -Exacto. -dijo con un poco de enfando y me volteó a ver sabiendo que yo también habría respondido acertadamente, me había lastimado en contadas ocasiones, pero no era la primera vez que los rayos X esclarecerían qué diablos había ocurrido.

     Pero, ¡tiempo! ¿Qué pasó? ¿Cómo llegué al área de rehabilitación física? ¿Por qué "Crónica de terquedad"? Bueno, tranquilos que ya les explico.

     De acuerdo con récord médico que llevo en el cuartel en el que resido, mis lesiones siempre son producto de terquedad, descuido e irresponsabilidad, pero sobretodo por terquedad. Debo admitir que parte de ello es cierto y parte de ello no es culpa mía; además, es parte de ser un guerrero seguir hacia adelante sin importa cuántos obstáculos se te pongan enfrente y me han educado guerrera desde siempre.

     Soy un caso médico bastante chistoso. Cuando niña mi hombro derecho solía dislocarse a la menor provocación y siempre me han tronado todas las articulaciones, desde la mandíbula hasta la última falangeta de pies y manos; teniendo en cuenta la abrumadoramente adictiva cantidad que consumo de cierto refresco, tengo una densidad ósea casi perfecta (de hecho envidiable). Hay condiciones en mí que nadie ha podido nombrar, las únicas intervenciones quirúrgicas a la que se me ha sometido han sido de índole dental, ya que para otras no se presentaron las  condiciones óptimas cuando era candidata a quirófano. Con todo eso, aún soy categorizada como una persona "muy saludable". No me hace falta ningún órgano (soy de las pocas personas que conozco que aún conserva sus amígdalas, vesícula y apéndice, nunca me han extraído un diente y todavía no me brotan las muelas del juicio) y nunca me he roto un hueso, pero eso estuvo a punto de cambiar el día de ayer a eso de las 13:00 hrs en el aula de TKD de mi alma máter.

     Es en extremo patético tener que admitir que esta lesión que casi me cuesta la completa movilidad de mi pie izquierdo haya sido jugando. Gente: "La traes" es un juego peligroso, de verdad. Esta lesión me provocó lágrimas de sangre y sigue siendo muy patético tener que admitir que fue jugando. La superficie del doyang  donde ocurrió todo estaba irregular, el tatami estaba sobre tarimas utilizadas para las clases de judo, pero había ciertos espacios en los que no había tarima y por ende el tatami flotaba sobre el piso de mosaico. Justo al iniciar la clase, el Sabomnim precisó la irregularidad del piso, pero la primera parte del calentamiento fue este popular juego... una actividad que la mayoría jugamos de pequeños: "la traes". No me "la pegaron",  de hecho, alcancé a escapar de la chica que "la traía" pero, ¡ajá! caí en ese pedazo de suelo falso. Mi pie izquierdo se torció de manera impresionante hacia dentro, giré, escuché como todo el empeine me tronó y cuando supe, ya estaba en el suelo abrazándome el pie y pensando, aunque creo que sí lo dije:

          "Fuuuu, ya se terminó de abrir esta madre".

     Para los que no sepan, cuando inicié los entrenamientos de TKD en la universidad (porque llevo haciendo artes marciales desde hace 12 años, de manera descontinua, pero 12 años al fin), todo iba perfecto, pronto me hice notar por ciertas habilidades y por ser como soy (cofmodestiacofcof, me ahogo). Durante una sesión de pateo en parejas, el chico con el que estaba practicando bajó los codos a la altura a la que iban las patadas. ¿Saben como es una patada de tijera? Bien, mis empeines chocaron con sus codos o él embarró sus codos en mis pies, no sé cómo decir que sucedió, pero el fin es el mismo, me dolió. Dolió. MUCHO.

     Entonces, al sentir el tronadero de huesos lo primero que pensé fue que ya se había roto el asunto, además no ayudó el hecho de oír al otro lado del salón acondicionado como Doyang "¿Lo que tronó fue su pie?". El Sabomnim se acercó y como cualquier otra persona pensó primero en el tobillo, seamos realistas, era lo más obvio. Le dije, "No. En el empeine, duele y mucho." No me solté el pie hasta que tuve la templanza suficiente para sentarme y ver cómo el Sabomnim revisaba el área afectada. Todo se movía rápido y lento a intervalos irregulares y tenía tanta sangre a la altura de las orejas que no está registrado en mi memoria de quién fue la idea de llevarme a la clínica: del Sabomnim o del muchacho del que había llegado acompañada. Una vez más, no sé cómo diablos me puse de pie, el chico me ayudó a bajar las escaleras y contra mi voluntad (no es que pudiera hacer mucho para detenerlo) me llevó en brazos hasta la clínica deportiva. Una vez dentro me pasaron a una camilla que me aguardaba. Él me acompañó y no pude agradecerle, por el dolor y porque antes de que me sentara ya le estaban pidiendo que se retirara del área de consulta y terapia.

     Estaba sentada en la camilla, descalza, sin lentes y el pie me dolía hasta el sistema nervioso central. Tenía en el empeine a la altura de los metatarsos III, IV y V una hinchazón del tamaño de un dátil (en tamaño y altura, creo que eso lo dije al principio) era impresionante a la vista, aún no se notaba el hematoma, pero la hinchazón era más que evidente. A la brevedad posible me vendaron al pie dos bolsitas de hielo y me olvidaron momentaneámente, tomaron mis datos a ciegas, encontraron mi expediente, erraron diagnósticos, bla bla bla, eso ya lo escribí.

     De momento me sentí frustrada y no sólo un poco, sino FRUSTRADA. Me alivió el hecho de que el doctor hubiera tomado la situación en sus manos porque a los demás me daban ganas de patearlos con mi pie bueno. A intervalos irregulares volteaba a la diminúscula área de espera donde aguardaba el chico que me había llevado hasta la clínica. Él es un buen amigo, de hecho es alguien especial a quien tengo tiempo de conocer, pero no lo nombraré, a él no le va ese tipo de publicidad. En fin, ahí estaba en camiseta roja y bermudas negras, siempre volteando hacia mí, creo que siempre con la misma expresión (creo, porque sin lentes, él estaba fuera de mi rango de visión, apenas distinguía sus facciones). Al final, después de las indicaciones, el vendaje, la muleta... salí de la clínica apoyada de una muleta y de un hombro que recibió mis lágrimas, las que me había guardado.

     Dentro del área de tratamiento y consulta me contuve pues pensé: "¿Qué más da? Ya me sé la rutina de esto." El dolor sí era fuerte, pero... digamos que la máscara lo era más. Luego me dijeron que la posibilidad de fractura era lo más posible "Ojalá no lo sea, prometo cuidarme, lo prometo. ¡De verdad!" y un par de lagrimitas lograron escaparse.

     Para mí, lo traumático fue salir de la clínica apoyada de mi amigo, con una muleta y la orden directa de reposo... tal vez para muchos de ustedes no signifique nada, he conocido gente que ha pasado por procesos peores y  continúa con su existencia de lo más normal, pero para mí, el solo hecho de perder la completa movilidad de alguna de mis extremidades (sobretodo de mis piernas) implica un miedo constante y bastante grande. Me sorprende realmente estar siguiendo al pie de la letra las indicaciones, en otra situación tal vez ya habría empeorado mi condición. Es cierto que el haber recibido atención tan pronto y el cuidado constante de mi amigo me ayudaron bastante, pero también yo he puesto de mi parte. Es imperativo recuperar la confianza y las completa movilidad de mi pie, aunque el traumatólogo y me advirtió la pérdida de sensibilidad.

     Espero que las crónicas de terquedad continúen como crónicas de perseverancia y lucha. Puedo vivir sin jugar a "la traes", pero no quiero dejar de hacer lo que amo.



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